Promoción de 1968 USO Escuela Transmisiones

Fortitudine vincimus

El café con leche de la mañana

Las experiencias vividas durante los tres años que estuvimos en la Escuela de Transmisiones de Cuatro Vientos están llenas de anécdotas y vivencias que forman parte de la historia personal de cada uno de los integrantes de las diferentes promociones que pasaron por allí.

Uno de los recuerdos que quizá tenemos más grabados es el que tenía relación con el café con leche matutino. Quizás no haya ninguna razón en especial para ello, pero lo cierto es que era un objetivo especial. Quizás era el hambre que se desarrolla a esa edad (entre los 15 y los 18) tras pasar ocho horas sin comer nada; quizás sea el recuerdo de la lucha por la toma de posición en la mesa (el que no cogía buena posición no le llegaba la repetición)... Lo cierto es que por causas que uno aún no se puede explicar, aquella deseada pócima producía un extraño efecto que forzaba a que, pocos minutos después de su ingesta, todos saliéramos veloces a evacuar a las letrinas, con serios problemas de "overbooking" para desesperación para quienes les tocaba limpieza tras el desayuno y antes de incorporarse a clase.

Hagamos un inciso para describir cómo se hacía aquel famoso café con leche. Para elaborarlo se utilizaban unos enormes depósitos parecidos a las ollas a presión que tenían en la parte inferior un enorme grifo, capaz de dejar pasar fácilmente media patata de tamaño mediano. Se llenaban aquellas ollas con aproximadamente 400 litros de agua que se calentaba hasta hervir, tras lo cual se añadían unos sacos de malta molida y llevándolo de nuevo a ebullición durante diez minutos aproximadamente. Transcurrido este tiempo se abrían diez botes de cinco quilos de leche condensada, únicamente por uno de los lados, se quitaban las etiquetas de papel externas y se tiraban enteros dentro de la olla. A continuación, con habilidad sorprendente y utilizando unos palos grandes con los que se  removían las comidas, se daba vueltas al contenido de forma que toda la leche condensada se diluía dando como resultado una pócima de color café con leche.

El mayor placer del desayuno era poder tomarse un segundo vaso de café. Pero esto exigía una habilidad especial del que servía, que era quien había ganado la posición privilegiada de la cabecera de la mesa. Para ello, servía los doce vasos de café midiendo escrupulosamente la cantidad de cada uno de forma que faltase un dedo para colmar el vaso. Esa era la medida justa para que el interesado no se sintiera robado y te montase un número (o te arrease una hostia) y que generaba un pequeño excedente en la cafetera capaz de permitir la repetición a los dos o tres primeros de la mesa. Al cuarto solo le llegaba un líquido negro incomestible que desanimaba a su ingestión.

Cabía otra posibilidad, según la generosidad del sargento de cocina o del volumen de permisos del momento: que quedase café en las ollas. La mesa enviaba un emisario para tanteo en la maraña de soldados de cocina, cocineros, etc. si era posible la repetición. En caso de éxito volvía con una cafetera  llena y recibía gran reconocimiento por los componentes de la mesa.

En determinado momento se descubrió que el café con leche se elaboraba una vez que se acababa de recoger toda la logística de la cena de la tropa, sobre las diez de la noche. Se dejaba el café hecho, manteniendo la temperatura de las ollas y los carros con las cafeteras vacías listas para ser llenadas. Esto permitía  que los cocineros no tuviesen que madrugar y que el desayuno se sirviese por unos pocos soldados de cocina , librándose el resto.

El hecho de conocer este, aparentemente, pequeño detalle dio lugar a auténticas "razzias" nocturnas a la cocina a la búsqueda del preciado café. A partir de las dos de la mañana, con la complicidad de los segundos imaginarias, a cocina se convertía en un afanoso pulular de bultos oscuros alrededor de los grifos de la olla. Los había tan osados que llevaban la cafetera llena a la escuadrilla, donde se daba buena cuenta de ella, devolviéndola limpia a su correspondiente carro.

En una ocasión, una noche de aquellas con incursión, llegamos a la cocina y observamos con cierto temor que había alguien sentado al lado del grifo de la olla. Más que tomando café lo estaba degustando con fruición... Era el amigo Gregorio Osorio, conocido desde entonces como "el cafetero"...

Miguel Sempere (Promoción USO 1967). Septiembre 2017